Tanto Bilbao F.C. como Athletic Club, los clubs con mayor rango en Vizcaya, son llamados al evento y, aunque inicialmente aceptan de buen grado el ofrecimiento madridista por la posibilidad de enfrentarse a los barcelonistas, finalmente a un par de días de concluir el plazo de la inscripción renuncian a lo convenido abriéndose un considerable e inesperada brecha. Para todos. Para forofos y seguidores del fútbol, de este club, de sus grandes jugadores, coleccionistas. Si iniciados los años noventa el rugby fue el primer deporte favorito de este colectivo, una vez constituido el club cambiaron las preferencias y poco a poco el fútbol empezó a adquirir clara ventaja entre los asociados, perdiendo los trabajadores naturales de Bilbao y de los municipios adyacentes situados a ambos márgenes de la Ría el inicial temor a patear y correr tras una pelota. Desaparecido el Club Atleta todo parecía indicar que el fútbol organizado acabaría tomando el sendero de la hibernación hasta que alguien, con nuevos ímpetus, lo rescatase del olvido pero, afortunadamente para los bilbaínos, quiso el destino que este periodo no fuese excesivamente largo y en pleno 1896 un grupo de amigos liderados por un hacendado muchacho que correspondía al nombre de Carlos de Castellanos y Jacquet, quienes solían veranear en sus aposentos junto al Abra de la getxotarra localidad de Las Arenas, no tardaron en conectar con un grupo de británicos que solían pasar sus ratos de ocio en el Hotel Antolín, junto al puente colgante que conecta ambas márgenes de la Ría, resultando de su amistad la idea de jugar juntos de vez en cuando en los arenales donde hoy se levanta el Paseo de Zugazarte y, en ocasiones, también en los aledaños de la ermita de Santa Ana.